LA LATENTE TORMENTA PERFECTA DEL TRANSPORTE

Artículo de opinión

Hace unos días, hablando de los muchos problemas que acucian al transporte por carretera, alguien recurrió a un viejo dicho popular, aunque convenientemente modificado: «A este perro ya no le caben más pulgas». La expresión puede parecer coloquial, pero describe con bastante precisión el momento que atraviesa el sector.

Porque, con la que está cayendo, todavía hay clientes empeñados en rebanar el hueso para, después, intentar sacarle también el tuétano. Se presiona el precio del transporte como si detrás de cada servicio no existieran una empresa, un vehículo, un conductor, unos costes crecientes y una estructura que tiene que sostenerse todos los días.

El combustible constituye quizá el ejemplo más visible. Su precio aumenta y llega un punto en el que sencillamente no se puede asumir si ese incremento no se repercute en el servicio. Pero el problema no termina en el gasóleo. Los indicadores apuntan todos en una dirección preocupante: si se mantiene esta dinámica, llegará un momento en el que la capacidad de transporte será insuficiente para atender la demanda.

Y cuando eso ocurra, ¿qué pasará?

Probablemente entonces comprenderemos que el transporte no es un coste accesorio que pueda comprimirse indefinidamente. Es una pieza esencial de la economía y de la vida cotidiana. Sin transporte por carretera no hay abastecimiento regular de comercios, fábricas, hospitales, explotaciones agrícolas, obras, almacenes ni hogares. Prácticamente ninguna actividad económica permanece al margen de él. Total que sin transporte por carretera no habría vida como la conocemos.

La tormenta perfecta no nace de una sola causa. Se forma por la acumulación de muchas. A los desmesurados incrementos de los costes sociales y laborales se suman los continuos aumentos de los combustibles, los seguros, los neumáticos, el mantenimiento y el resto de insumos necesarios para mantener un vehículo en circulación.

A ello hay que añadir el encarecimiento de los camiones y semirremolques, la financiación, los impuestos directos e indirectos y, cada vez con mayor intensidad, los cargos vinculados al uso de las infraestructuras cada vez mas imparables e insaciables. En algunos países adoptan la forma de tasas; en otros, de peajes. Cambia el nombre, pero no su naturaleza: son costes adicionales que terminan gravitando sobre la prestación del servicio.

El verdadero desequilibrio aparece cuando todos esos incrementos se producen mientras el precio del transporte permanece sometido a una presión permanente a la baja. Ninguna actividad empresarial puede sostener durante mucho tiempo una estructura de costes que crece si sus ingresos no evolucionan en una proporción razonable.

Durante años, buena parte del sector ha intentado absorber diferencias, ganar eficiencia, ajustar estructuras y resistir. Sin embargo, la eficiencia tiene límites. No existe gestión capaz de compensar indefinidamente aumentos de costes que no pueden trasladarse al precio. Llegado cierto punto, lo que se presenta como ahorro deja de ser eficiencia y se convierte en descapitalización.

Y ahí aparece el riesgo de escasez. No necesariamente porque desaparezcan las mercancías, sino porque puede faltar capacidad empresarial suficiente para transportarlas en las condiciones, plazos y precios que la sociedad ha dado por supuestos. Si cada vez resulta menos atractivo invertir en vehículos, renovar flotas, asumir riesgos empresariales o incorporarse profesionalmente al sector, la consecuencia acaba siendo previsible.

Cuando desaparece una empresa de transporte no desaparece solamente un operador. Se reduce capacidad, competencia y flexibilidad en una cadena logística que necesita responder todos los días a miles de necesidades distintas. Y reconstruir esa capacidad no se consigue de un día para otro.

Por eso conviene abandonar una visión demasiado simplista del precio del transporte. Pagar adecuadamente un servicio no significa proteger artificialmente a un sector. Significa reconocer sus costes reales y permitir que exista una oferta suficiente, profesional, segura y sostenible en el tiempo.

Si continuamos acumulando costes, obligaciones, impuestos, tasas y exigencias mientras se impide trasladar su impacto al precio final, todos los elementos de la tormenta terminarán encontrándose. El resultado puede arruinar todavía más a numerosas empresas de transporte por carretera. Pero el problema, llegado ese momento, ya no será únicamente del transportista.

Será un problema de toda la sociedad.

Porque quizá solo cuando falte transporte entenderemos cuánto dependíamos de él. Y entonces, como tantas veces ocurre, recuperar lo perdido será bastante más caro que haberlo cuidado a tiempo.

Juan José Arnedo.

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